Todos estamos pagando la crisis del relato kirchnerista


Los académicos especialistas en discurso político vienen advirtiendo hace un lustro sobre los peligros de confundir proyecto político con relato.
Afirman que la democracia corre peligro desde adentro cuando el segundo sustituye al primero. El relato como epopeya no deja de ser una ficción ; un cuento que pretende no sólo obtener identificación, apoyos y simpatías sino, fundamentalmente, lograr niveles de cohesión básicos que permitan gobernar con cierta comodidad.
El relato persigue entonces objetivos múltiples, específicamente orientados a la búsqueda del mayor nivel de consenso posible por parte de la ciudadanía transformada en audiencia.
El gobierno de Cristina Kirchner, que venía aplicando con maestría la técnica marketinera del relato, ha abusado tanto de ella que la historia ya empieza a hacerse inverosímil.
No es de extrañar que al ritmo de la inflación negada, el regreso de los despidos y las vacaciones anticipadas, el pago escalonado de salarios en la administración pública y el encarecimiento ostensible del costo de vida, el relato se vaya transformando en ruido .
Como la moneda, el relato también está perdiendo valor.
Su caída importa el distanciamiento social cada vez más claramente registrado en las encuestas, así como la toma de conciencia de que el proyecto quizás pueda resumirse en la intención de prorrogar indefinidamente el goce del poder.
El relato transforma a la política en espectáculo y, en este marco, las apariciones de la Presidenta en Cadena Nacional son actuaciones. Así planteado, nunca hubo mayor divorcio entre las vanguardias supuestamente esclarecidas y la sociedad sujeto de la historia.

El relato kirchnerista prácticamente se ha agotado por inconsistencia y saturación. Inconsistencia porque la disonancia entre lo que pregona y lo que se vive es estentórea ; y saturación porque se insiste hasta el cansancio con una épica que, lejos de enamorar, ahoga.

Cuando el relato intenta sustituir a la realidad suele enajenar no sólo al público sino a sus propios emisores. Y esta es la sensación que tiene cada vez mayor cantidad de público sintonizada: la de estar frente a un gobierno autista, encapsulado, cuyas palabras explican una realidad que no se ve ni se comparte. Ya no hay más interlocución, sólo tenemos locutora.

Resulta evidente la existencia de un paralelismo entre crisis socioeconómica y crisis del relato. Sería deseable esperar rectificaciones a dos bandas porque las mismas se retroalimentan y amenazan con arrastrarnos a todos.

Pero lo peor que podría suceder es que el Gobierno se empeñe en seguir forzando el discurso empujándonos de manera insensata hacia una democracia de sordos , sin sintonía y cada vez más autoritaria.

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Publicado en Gerardo Milman, Novedades