LA DIGNIDAD, EN LA ARGENTINA DESCONTROLADA

Por Margarita Stolbizer DIPUTADA NACIONAL GEN-FAP (Clarín)

En un gobierno que alardea del manejo centralizado de toda la botonera institucional, que no trepida en espiar a propios y extraños para saber lo que hacen, dicen y piensan, que castiga con crueldad la autonomía y ha limitado como nunca antes en democracia el ejercicio de las libertades públicas, y usa la chequera de los jubilados como medio de disciplina miento, no parecía factible terminar con el estado de descontrol que hoy exhibe la Argentina.

Las noticias económicas: el dólar paralelo disparado y el derrumbe del mercado inmobiliario. ¿Qué explicación dará el Secretario de Comercio a su superior e ignoto Ministro de Economía, luego de tantas limitaciones al mercado de cambio que impide a un chico que viaja a Brasil comprar 200 reales en el mismo país donde “Él” compró 2 millones de dólares en una sola operación? Tantas restricciones tienen consecuencias sociales: baja de la inversión, la producción y el empleo. Eso es sólo una muestra de la Argentina descontrolada.

Un país donde la petrolera que hoy, dicen, es del Estado, no satisface la demanda cotidiana del automovilista que busca nafta súper a un precio razonable; y que no encuentra el rumbo ni los inversores para volver a hacer de YPF alguna sombra de aquella empresa estatal superavitaria privatizada a impulsos de los gobernantes patagónicos beneficiados con regalías cuyo destino final se desconoce. Nadie se hace cargo de la crisis de la energía, ni del impacto que tiene en el trabajo y en los hogares. Y hay una enorme confusión entre lo público y lo privado, entre el manejo de las empresas públicas con los negocios particulares que se hacen con ellas o desde éstas.

Y lo que muestra es la crisis del control.

El Ministro de Justicia en un festejo gastronómico en la ESMA: es un nuevo bastardeo de los derechos humanos, pero también es parte de esa Argentina del descontrol, del desprecio por las instituciones. En ella, los Alak –como los Boudou y otros más-, se ufanan de esta burla organizada.

El imperium callejero de la violencia criminal es la otra expresión del descontrol del territorio, que ya no manejan porque es imposible pedir hacia abajo compromiso social con las normas y la convivencia pacífica, si se percibe que esas normas no existen para todos, y se perdió la capacidad de ordenar con el ejemplo. Así es como a alimentan una subcultura de la marginalidad, amparada de manera cómplice con la inexistencia de una política de seguridad democrática, en la que siempre, el que comete un crimen debe pagar por ello. Y la impunidad es la renuncia a la aplicación de la justicia. Y es la consecuencia del abandono de la educación como motor de ascenso social y crecimiento productivo.

No me satisface trazar el diagnóstico de una Nación descontrolada, al margen de la ley. Pero lo hago esperanzada frente a una sociedad que ha perdido el miedo para plantarse en la defensa de la dignidad, que en todos los casos expresa la búsqueda de una referencia ética, no necesariamente anclada en un proyecto electoral pero que sí debe ser la base de un cambio profundo en la política como expresión popular. Me alienta el llamado de esa otra Argentina, la de todos los que cada mañana se paran con su trabajo y con sus sueños a poner los ladrillos de un nuevo edificio.

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