La clave es la sucesión


Algunos indican a Menem como quien introdujo a Scioli en la política. Y es bastante cierto. Sin embargo, durante su gobierno, como en el de Duhalde, el hoy gobernador no había tenido grandes reconocimientos en el reparto. Fue Néstor Kirchner quien, con el mismo poder con el que puso a Cobos como vice de Cristina –sin que ella volcara una pestaña– impuso a Daniel Scioli, primero como su compañero de fórmula para la elección presidencial de 2003, y luego para la gobernación provincial en 2007, pasando incluso por sobre los muchos peronistas con historias e ilusiones (vaya sólo el recuerdo para Alberto Balestrini, pero había muchos más). El proclamado por imposición para llevar al territorio bonaerense se preparaba en aquel momento para ser jefe de Gobierno de la Ciudad, y con muchas chances. Pero listo como se lo sabía, Néstor Kirchner prefirió resignar esa buena expectativa para manejar desde la Rosada la poderosa provincia de Buenos Aires. No le regalaba un espacio. Su decisión era controlarla. Por eso tantas veces lo humilló públicamente, y hasta lo obligó a presentarse como candidato testimonial aun en contra de su voluntad.

Claro que Néstor era El. Y Cristina, –pese al tiempo transcurrido y el enorme poder que le asiste– sigue siendo Ella, pero también un poco El. Lejos de las condiciones que se le reconocen y la impostura soberbia que se le critica, su mayor debilidad sigue siendo aquella sombra. Y también las dificultades para superar en el ejercicio de la máxima autoridad los límites constitucionales al sueño que algunos esbozan como de “la Cristina eterna”.

Allí mismo se ubica el núcleo central del conflicto entre la Presidenta y el gobernador. No es la cuestión financiera, no es un problema de gestión, y mucho menos una cuestión ideológica. Que resignen sus argumentos los que quieren correr por izquierda a Scioli pero mueren en el altar del kirchnerismo, junto a una larga lista de impresentables reaccionarios con quienes comparten “el proyecto y el modelo”.

Es la sucesión lo que quita el sueño de ambos. Es la impotencia para alcanzarlo solos, y la prepotencia que impide hacerlo juntos. Han decidido eliminarse en la pelea. Porque, más que la idealización del poder, sobre todo existe el terror a perderlo. Y la guerra sucesoria parece no tener lugar para dos sitiales de triunfo. En la pelea y la irracionalidad de sus instrumentos, y sobre todo en la mezquina crueldad de sus espadachines, se están llevando la institucionalidad, el sistema federal y la vida de los bonaerenses. Porque pagan siempre los indefensos: los que buscan atención en hospitales o aprendizaje en escuelas públicas, las víctimas de la violencia como parte de un delito que reconoce la ineficacia en ambas gestiones –nacional y provincial–, los que toman trenes en el Conurbano para llegar a trabajar en la Capital y soportan la inequidad de los subsidios y la corrupción de quienes los administran, o los millones que esperan una vivienda y siguen siendo estafados en su necesidad y en su ilusión por los ministros nacionales que vuelven a anunciar y los provinciales que aplauden con silencio cómplice.

En fin, Scioli –que ha sido un mal administrador de recursos y cuya gestión es severamente reprobada– seguirá sin animarse, porque ha decidido sostener su proyecto en ese “estilo”. Ha sabido manejar sus tiempos. Aunque así se va llevando el nuestro.

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